IMAGINACTION: hibernar juntas para imaginar futuros

Imaginación radical como práctica política, afectiva y colectiva en tiempos de policrisis

Nos encontramos en diciembre, cuando el otoño ya estaba cansado y el invierno empezaba a convertir la lluvia en granizo. Ese tiempo de recogimiento, de ir hacia la cueva, marcó el pulso de lo que estaba por suceder. En un mundo atravesado por policrisis, ocupación, violencia y agotamiento colectivo, parar se volvió un gesto necesario. IMAGINACTION nació así: como un espacio para bajar la velocidad, para respirar juntas, para permitir que la imaginación —cansada pero viva— encontrara un tiempo de cuidado, silencio y belleza creativa antes de volver a activarse.

IMAGINACTION fue un proyecto Erasmus+ en formato de curso residencial de cinco días, desarrollado en nuestra querida Granja Escuela Huerta la Limpia en Guadalajara, España, y dirigido a youth workers y personas que trabajan con jóvenes desde distintos contextos sociales, culturales y políticos. Participaron jóvenes de Palestina, Italia, Eslovaquia, Grecia, Francia, México y territorio español, reunides por el deseo compartido de explorar futuros posibles en tiempos de incertidumbre. A través de metodologías de educación no formal, prácticas artísticas y aprendizaje experiencial, el proceso se articuló en torno a cinco ejes -curiosidad, cultura, creatividad, comunidad y cuidado- e incluyó una acción colectiva en el espacio público, invitando a la ciudadanía a detenerse, imaginar y preguntarse, interrumpiendo de forma poética la cotidianidad urbana.

“En mi cultura, la imaginación radical emerge a través del arte: abre grietas en la realidad y crea espacio para percibir la libertad y un futuro diferente.”

— Nada Haneen, participante palestina.

La imaginación como territorio colectivo

La pregunta que la activista de la imaginación Phoebe Tuckell lanza nos resuena como un eco de ancestras sobrevivientes de catástrofes coloniales: ¿y si el activismo se impulsara con imaginación y visión, en lugar de culpa y desesperación? Desde esa consigna quisimos construir en IMAGINACTION un espacio profundamente político y espiritual, un lugar de memoria y de futuro al mismo tiempo, pero también de abrazo, de calma y de confianza, donde fuera posible ponerse vulnerable y soñar sin constricción. 

Desde Otra Escuela entendemos la imaginación como un territorio colectivo: algo que no se posee, sino que circula, se contagia, se contamina y se transforma en el encuentro con otres; una práctica viva de inteligencia colectiva donde pensar, sentir y crear juntas es ya un acto revolucionario en sí mismo. Esta vivencia fue nombrada por les participantes como algo profundamente encarnado: “Puedo imaginar muchas cosas, pero las mejores necesitan comunidad para ser creadas; el proceso compartido es mucho más disfrutable” nos contó Chiara Romano, participante italiana. Así, IMAGINACTION se sostuvo como una comunidad temporal anclada en la belleza de la construcción colectiva del sentimiento y el conocimiento, tal como nos han enseñado los pueblos originarios de Abya Yala, para quienes imaginar no es evadir la realidad, sino relacionarse con lo invisible, con el territorio y con lo que todavía no existe pero ya nos convoca.

imaginaction foto grupal

Brújulas para la deriva

Ramas del activismo de la imaginación

Estas categorías no fueron presentadas como conceptos cerrados ni como un mapa a seguir, sino como ramas vivas del activismo de la imaginación que quisimos explorar juntas. Más que definirlas, las habitamos: las pusimos en el centro del círculo para rodearlas de preguntas, dudas, frases sueltas, contradicciones y experiencias encarnadas. A través del debate silencioso, el juego, la conversación colectiva y la escucha atenta, estas nociones se expandieron con la mirada del grupo, convirtiéndose en una brújula compartida para orientarnos durante cinco días de introspección y acción colectiva, permitiéndonos perdernos con sentido y volver a encontrarnos en comunidad.

La imaginación radical apareció como la capacidad de pensar y sentir el mundo no como es, sino como podría ser: una práctica colectiva de resistencia, supervivencia y creación de futuros, inspirada en las tradiciones de la imaginación radical negra que han sabido soñar libertad incluso en contextos de opresión. Imaginar radicalmente no fue aquí una fantasía individual, sino un acto de coraje compartido, de esperanza activa y de conocimiento co-creado, capaz de ir a la raíz del cambio. En las palabras y gestos del grupo tomó la forma de un árbol distinto en un bosque uniforme: retorcido, brillante, vivo, fuerte sin seguir las reglas. “Crear lo que nos dijeron que era imposible” apareció como una consigna compartida, junto a la certeza de que ser radical no implica ausencia de miedo, sino avanzar con él, como expresó Ondrej Hladik, participante eslovaco. En un mundo que exige integrarse, la imaginación radical se vivió como la insistencia en no diluirse para encajar, sino en atreverse a cantar, abrir conversaciones que van más allá de las palabras y encontrar a otres con quienes co-imaginar, incluso cuando esa visión todavía pertenece a una minoría.

El activismo de la imaginación fue vivido como un gesto profundamente sanador: un cambio de dirección que nos invita a dejar de movernos únicamente desde la herida para empezar a caminar, juntas, hacia lo que queremos cuidar y hacer nacer. Estar en contra de algo puede ser necesario, pero no sostiene la vida de los movimientos si no va acompañado de visión. Aquí, imaginar se nombró como una forma de nutrir las almas, de abrir nuevas maneras de escuchar, cooperar y convivir, de pasar del pensamiento a la acción con agencia y responsabilidad. Surgió también la pregunta incómoda sobre el poder: ¿quiénes somos para intentar liberar las mentes de otros?, y al mismo tiempo la conciencia de que nuestros privilegios pueden —y deben— usarse para ampliar el permiso colectivo de soñar. Imaginar nuevos sistemas sin intentar reparar los viejos, aportar el propio sabor al mundo como fuerza comunitaria, actuar sin extractivismo y honrar el poder de soñar fueron formas concretas de entender este activismo: no como reacción permanente, sino como un caminar sostenido hacia futuros deseados, encarnados desde el cuidado, la ternura y la acción compartida.

La imaginación moral apareció como una pregunta insistente más que como una respuesta clara. ¿Quién decide qué es bueno y qué es malo? ¿La moral limita o cuida la imaginación? ¿Podemos atrevernos a imaginar cualquier cosa sin juzgarla, y aun así hacernos responsables de cómo actuamos? Entre el silencio y la palabra, entre callar como acto de fuerza o hablar como deber de verdad, el grupo exploró esa frontera incómoda donde la imaginación necesita traer justicia al mundo sin convertirse en una nueva prisión mental de bien contra mal. Estas preguntas no quedaron en el plano abstracto, sino que atravesaron decisiones concretas y relaciones cotidianas. “A veces callar es una decisión de fuerza, y a veces hablar es un deber de verdad”, resonó en el grupo, junto a la sensación de que la imaginación, sin una brújula ética, puede convertirse en otra forma de violencia. La imaginación moral apareció así como una práctica viva de discernimiento colectivo, más que como un código fijo.

La brecha de la imaginación fue nombrada como una desigualdad profundamente ligada a las condiciones de vida. Surgió la pregunta de cómo imaginar un futuro distinto cuando faltan herramientas, tiempo o incluso alimento: si hay hambre, ¿cómo soñar? El grupo señaló cómo las diferencias sociales, culturales y de representación amplían esa distancia, dejando a muchas personas sin referencias desde donde empezar a imaginar. Al mismo tiempo, apareció el deseo de tender puentes: de preguntarse cómo vivir hoy, en el ahora, algo del futuro que todavía no existe, reconociendo que la imaginación es necesaria, pero también un privilegio atravesado por lo material.

El músculo de la imaginación fue nombrado como una fuerza viva que se debilita cuando no se usa y que puede volver a crecer cuando se la entrena con intención. El grupo habló del cerebro como motor y del cuerpo como motor también, del corazón trabajando junto al pensamiento, de una imaginación potente en la infancia y adormecida en la adultez por mandatos de “crecer” y encajar. 

Surgieron preguntas sin respuesta cerrada: ¿todes podemos entrenar este músculo?, ¿está limitado en algunas personas?, ¿repetir una visión sigue siendo imaginar? Usar la imaginación en la vida cotidiana apareció como un ejercicio que sostiene alegría y dolor a la vez, una fuerza que no nace del éxito inmediato sino del esfuerzo, de la fe, del atreverse a mover lo que parecía atrofiado.

Pero entrenar la imaginación no ocurre en el vacío. Pronto el grupo reconoció que ese músculo se ejercita en medio de una batalla de la imaginación: una lucha constante con los imaginarios impuestos desde fuera y con los discursos interiorizados que nos habitan. Una batalla en la mente, donde el capitalismo intenta vendernos incluso lo que soñamos, donde a veces resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin de los sistemas que lo sostienen. Nombrar esta batalla no llevó a pensar en vencedores y vencidos, sino en responsabilidad, desaprendizaje y cuidado: encontrar y nutrir las ideas propias, silenciar las dominantes, reconocer de dónde vienen nuestras semillas imaginativas. Entre prisión mental y posibilidad de mutación, la imaginación apareció como un terreno en disputa que, cuando se cultiva colectivamente, puede transformarse y reimaginar sin destruir, recordándonos que la paz, el entendimiento y la creación compartida siguen siendo horizontes posibles.

imaginaction noche de titeres

Metodologías, rituales y juego

La imaginación no aparece por accidente. Necesita tiempo, cuidado, ritmo y condiciones que la sostengan. Por eso el diseño de IMAGINACTION no buscó llenar horarios, sino crear un clima, una arquitectura sensible donde algo pudiera desplegarse. El curso se acompasó simbólicamente a los ciclos lunares y a un ritmo cotidiano que alternaba intensidad y descanso, palabra y silencio, acción y pausa.

Cada día comenzaba con los dream diaries: un gesto simple y poderoso para hacer memoria, tomar agencia de los sueños y reconocer que también ahí se gestan futuros posibles.

Desde el inicio cuidamos la un sostén afectivo compartido como base del aprendizaje. A través de prácticas de provención y otras herramientas para la transformación de conflictos, se fue abriendo un espacio de confianza, no-juicio y vulnerabilidad compartida. La convivencia fue parte central del proceso: cocinar, limpiar, habitar los espacios comunes se volvió un acto colectivo y consciente. Las llamadas familias disfuncionales y creativas —pequeños grupos que asumían tareas de cuidado— permitieron ensayar formas más honestas y gozosas de comunidad, explorando también miedos, resistencias e inseguridades que aparecen cuando cuidar implica exponerse ante personas que aún son casi extrañas.

El cuerpo fue otra puerta fundamental. Entrenamos el músculo de la imaginación a través del survival training para todos los seres, seguido de la visualización y creación del animal de poder: un dispositivo arquetípico para reconectar con la fuerza interna. Las mañanas de silencio propusieron conversaciones que van más allá de las palabras, activando la imaginación desde lo sensorial y lo colectivo, desplazando el centro de la experiencia hacia gestos, movimientos, sonidos y la atención compartida a lo vivo. Escuchar sin hablar, moverse sin explicar, estar juntas sin traducirlo todo.

A lo largo del proceso cultivamos alfabetos afectivos desde un recorrido en crescendo: del cuerpo individual al reconocimiento de cómo otres sienten lo mismo de maneras distintas, creando cuadros colectivos. El debate sobre los valores que queremos que nos acompañen hacia el futuro se volvió juego encarnado: una adaptación de sillas musicales donde quien quedaba fuera no era solo una persona, sino también un valor, obligando a pensar colectivamente qué dejamos atrás y qué elegimos sostener juntas.

Con todo ese entramado de experiencias, el grupo pudo pasar de lo abstracto a lo concreto. Con legos, disfraces, cartas, canciones, cápsulas temporales y collages, se imaginaron y diseñaron futuros posibles y deseados. Y con los valores consensuados, esos futuros salieron a la calle principal de Guadalajara en forma de acción comunitaria: música, preguntas, alegría compartida, una interrupción poética de la cotidianidad urbana. El cierre volvió al círculo, a la palabra y a la memoria, para que lo vivido no quedara solo como experiencia intensa, sino como mapa: un conjunto de aprendizajes y afectos que cada persona pudiera llevar consigo para seguir imaginando —y construyendo— en sus propios territorios.

Lo que quedó vibrando

Transformaciones, no resultados

Lo que quedó vibrando con más fuerza no fue un compendio teórico, sino una experiencia compartida de confianza, cuidado y pertenencia. Varias personas nombraron lo inusual —y profundamente reparador— de habitar un espacio sin competencia ni presión por “hacerlo bien”. “Me sentí parte de un equipo, incluso con personas con las que casi no había hablado”, compartió Natalia Sanpedro, participante española, subrayando que en pocos días se había tejido una sensación de estar juntas, “independientemente de cuánto hubiéramos hablado o no”.

Esa calma colectiva estuvo estrechamente ligada a la forma en que el espacio fue sostenido. Algunas voces señalaron cómo la ausencia de jerarquías visibles, la coherencia entre lo que se proponía y cómo se facilitaba, y el hecho de que quienes acompañaban el proceso también se dejaran afectar por él, generaron un clima sin competencia ni lucha. “No sentí en ningún momento que hubiera rivalidad entre nosotres, y eso también venía de ustedes”, compartió Lydia Patra, participante griega. En su evaluación del proceso, esta percepción se repite al destacar cómo esa horizontalidad permitió sentirse parte, sin tener que demostrar nada para pertenecer .

Esa vulnerabilidad, lejos de aparecer como fragilidad, fue reconocida como una fuerza colectiva. “Antes no estaba segura de que ser vulnerable pudiera sentirse seguro, (…) pero después de estas experiencias estoy convencida de que lo es, porque lo hacemos seguro entre todas” nos compartía Natalia en su entrevista al final del proceso. 

El proceso permitió también recomponer partes internas: “Siento que mi niña y mi adulta ahora trabajan mejor juntas”, nos contó Caterina Bianchini, participante italiana, al hablar de volver a soñar, incluso sin recordar los sueños nocturnos, pero abierta a “soñar con los ojos abiertos” a través de imágenes, juegos y señales.

La comunidad emergió una y otra vez como condición para lo imaginable. “Puedo imaginar muchas cosas sola, pero las mejores necesitan comunidad para ser creadas”, nos compartió Chiara Romano, participante italiana, en el cierre, junto con la certeza de que el proceso compartido había sido más valioso que cualquier resultado final. En palabras de Nadjima M’changama Said Ali, participante francesa, “no estaba apurada por entenderlo todo; sentía que era más importante el proceso que el resultado”.

El juego fue nombrado explícitamente como un acto de amor y de resistencia. “Jugar es un acto de amor hacia mí misma, hacia la niña que fui”, compartió Chiara, recordando que crear no necesita permiso ni estándares externos. Nadjima Saidou, participante francesa, destacó la alegría de “crear, imaginar, jugar y ser niñas otra vez”, en un espacio donde no era necesario sobreexplicar ni justificarse.

Finalmente, la pausa apareció como un gesto radical. Parar, bajar el ritmo, sentir sin saber todavía qué vendrá después fue vivido como algo profundamente necesario. “Siento que necesitaba esto en este momento de mi vida”, dijo Nadjima M’changama, aun sin poder nombrar qué cambiaría después, “confío en que lo sabré cuando sea el momento”. Soňa Turanová, participante eslovaca, expresó desde la esperanza activa: “Crear espacios de conexión, de amabilidad, de alegría y de ir más lento es una forma de rebelión”. IMAGINACTION no cerró con conclusiones, sino con huellas: memorias encarnadas, vínculos tejidos y la sensación compartida de que imaginar juntas —con cuidado, juego y pausa— sigue siendo una práctica posible, urgente y profundamente humana.

IMAGINACTION terminó, pero no se cerró. Como el invierno, dejó semillas bajo tierra, visibles solo para quien sabe esperar. Lo que quedó no fue una respuesta, sino una práctica: la de volver a imaginar juntas, con cuidado, con juego, con pausa, incluso cuando el mundo insiste en acelerar. Tal vez de eso se trate por ahora: de seguir entrando y saliendo de la cueva, llevando con nosotras la certeza de que otros futuros no solo son necesarios, sino que empiezan cada vez que nos damos permiso para soñarlos en común.